septiembre 11, 2026

Everardo Gonzalez Castanedo

Pidieron ayuda, pero tuvieron que buscarla fuera: el reto de la salud mental en la UASLP

Por Karen Peña

El caso de Santiago González González, estudiante de primer semestre de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, conmocionó a la comunidad universitaria y dejó mucho más que tristeza, dolor e incredulidad.

Dejó preguntas.

Preguntas incómodas que hoy obligan a mirar hacia un tema que durante demasiado tiempo ha permanecido en segundo plano: la salud mental de los universitarios y la capacidad real de la propia UASLP para acompañarlos cuando atraviesan momentos de vulnerabilidad.

Este 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la discusión adquiere todavía mayor relevancia.

Porque prevenir no significa únicamente reaccionar después de una tragedia.

Significa mirar antes.

Preguntarse qué ocurre cuando un estudiante comienza a sentirse mal; cuando algo en su vida cambia; cuando deja de encontrar sentido a lo cotidiano; cuando reconoce que necesita ayuda y, pese a todo, reúne el valor suficiente para pedirla.

Y es precisamente ahí donde las experiencias de algunos estudiantes plantean una realidad que merece ser escuchada, revisada y, sobre todo, atendida.

Cuando pedir ayuda no es suficiente

Dentro de la UASLP existen servicios de atención psicológica. Sin embargo, acceder a ellos no siempre ha resultado sencillo para quienes los necesitan.

Hay estudiantes que buscaron ayuda y no encontraron a la persona encargada de atenderlos.

Otros consideran que la atención que recibieron no fue suficiente y terminaron buscando apoyo fuera de la institución.

Una de las personas entrevistadas, hoy egresada, acudió a los servicios psicológicos de la Universidad mientras atravesaba una situación que requería acompañamiento.

Sin embargo, de acuerdo con su testimonio, la atención recibida no fue suficiente para enfrentar el problema. Ante la necesidad de una intervención diferente, terminó buscando apoyo psicológico fuera de la UASLP.

En otro caso, un estudiante de Ingeniería decidió acudir al servicio psicológico de su facultad.

El problema fue que, en repetidas ocasiones, no encontró a la psicóloga.

La experiencia terminó por convertirse en frustración, al grado de describir el servicio como “ir a perder el tiempo”.

Pero cuando consideró que necesitaba atención y buscó otra alternativa dentro de la propia Universidad, encontró un nuevo obstáculo.

En el Centro de Salud Universitario le informaron que la consulta tendría un costo de 100 pesos y que debía esperar aproximadamente tres semanas para obtener una cita.

Tres semanas pueden ser un periodo razonable para una consulta ordinaria. Pero cuando hablamos de salud mental, el tiempo también importa.

A veces, pedir ayuda representa un esfuerzo enorme.

Para un estudiante que finalmente decide hacerlo, encontrarse con una puerta cerrada, una ausencia o una espera prolongada puede convertirse en una barrera más.

La puerta que no siempre está abierta

Una estudiante de Derecho vivió una experiencia similar.

También buscó atención psicológica dentro de su facultad, pero asegura que no logró encontrar a la profesional encargada del servicio.

Ante la falta de respuesta, optó por buscar terapia fuera de la Universidad.

Posteriormente, su situación requirió atención psiquiátrica y recurrió al seguro facultativo para recibir atención en el IMSS.

Tres historias distintas.

Tres estudiantes que atravesaron circunstancias diferentes.

Pero con un punto de coincidencia que resulta imposible ignorar:

los tres buscaron ayuda. Y ese detalle es fundamental.

No estamos hablando de jóvenes que rechazaron la atención o que nunca intentaron acercarse a un servicio.

Por el contrario. Dieron el primer paso. Reconocieron que algo no estaba bien y buscaron ayuda. El problema aparece en lo que ocurrió después.

Porque una política de salud mental no puede medirse únicamente por el número de oficinas, programas, protocolos o servicios que aparecen en un documento.

También debe medirse por algo mucho más sencillo y mucho más humano:

¿qué tan fácil es encontrar ayuda cuando alguien finalmente decide pedirla?

La respuesta institucional

Después del caso de Santiago, la atención a la salud mental volvió a colocarse en el centro de la conversación universitaria.

Desde la UASLP se reconoce que se trata de una problemática que debe atenderse. Sin embargo, también se señala que la responsabilidad de garantizar los servicios de salud no corresponde exclusivamente a la Universidad, debido a que existen instituciones gubernamentales encargadas de proporcionar atención médica.

El argumento tiene sustento desde el punto de vista institucional.

Pero existe otra realidad difícil de ignorar.

Para un estudiante, la Universidad suele ser una de las primeras puertas a las que toca cuando necesita ayuda.

Y si esa puerta no está disponible; si no hay personal cuando se requiere; si una consulta puede tardar semanas; o si el estudiante termina buscando atención fuera de la institución, entonces el problema deja de ser únicamente una discusión sobre quién tiene la responsabilidad legal de brindar el servicio.

Se convierte en una pregunta sobre qué tan efectiva es la red de apoyo que existe dentro de la propia comunidad universitaria.

La UASLP cuenta con mecanismos para detectar posibles problemas de salud mental. Como parte del proceso de admisión se aplican exámenes psicométricos que funcionan como una herramienta para identificar posibles señales relacionadas con depresión, ansiedad y otras afectaciones frecuentes entre los jóvenes.

De acuerdo con la información proporcionada por autoridades universitarias, el examen psicométrico de Santiago González no mostraba tendencias que permitieran anticipar una afectación de este tipo.

Pero existe una limitante evidente:

Un examen aplicado al ingresar a la Universidad no puede convertirse en una fotografía permanente del estado emocional de una persona.

Las circunstancias cambian.

Una persona puede comenzar una carrera sin presentar señales de alerta y, meses después, enfrentar problemas familiares, económicos, académicos, personales o emocionales.

Por eso, detectar posibles riesgos al momento del ingreso puede ser un primer paso.

Pero difícilmente puede ser suficiente.

La prevención también requiere seguimiento.

¿Cuánto vale la salud mental para la Universidad?

Hay otro punto que permanece sobre la mesa: los recursos.

La Universidad no proporcionó una cifra específica sobre cuánto dinero destina exclusivamente a la atención de la salud mental de sus estudiantes. La explicación fue que este gasto se encuentra integrado dentro de otros rubros relacionados con la atención estudiantil.

La UASLP tiene una comunidad estudiantil numerosa y, en algunas facultades, incluso cuenta con estudiantes que realizan servicio profesional y participan en actividades de atención y orientación.

Pero aquí existe una diferencia que no debería perderse de vista:

Orientar no es lo mismo que atender.

Un estudiante en formación puede contribuir y brindar acompañamiento dentro de sus competencias, pero existen situaciones que requieren la intervención de un profesional especializado.

Y cuando hablamos de salud mental, esa diferencia puede ser determinante.

Lo que están pidiendo los estudiantes

Después de la muerte de Santiago, estudiantes se manifestaron al interior de la Universidad.

Dejaron cartas.

Dejaron mensajes.

Dejaron dolor.

Pero también hicieron peticiones concretas.

Una de ellas fue mejorar el acompañamiento psicológico para los alumnos.

Y quizá ahí se encuentra una de las claves de toda esta discusión.

Los estudiantes no están pidiendo únicamente que exista una oficina de atención psicológica.

Están pidiendo que funcione.

Que haya alguien cuando decidan acercarse.

Que puedan ser atendidos cuando lo necesitan.

Que una cita no dependa de esperar semanas.

Que exista seguimiento.

Y que, cuando un caso requiera atención especializada, haya una ruta clara para canalizarlo.

Porque detrás de cada estudiante que pide ayuda hay una historia que quizá nadie más conoce.

Hay problemas que no siempre se ven.

Hay noches difíciles.

Hay familias preocupadas.

Hay jóvenes que siguen asistiendo a clases, entregando tareas, conviviendo con sus compañeros y sonriendo, mientras por dentro libran batallas que nadie alcanza a percibir.

Y cuando uno de ellos finalmente dice “necesito ayuda”, ese momento debería ser tomado con toda la seriedad que merece.

La prevención empieza antes de la crisis

La salud mental no se resuelve con un examen psicométrico, un protocolo o una oficina.

Tampoco basta con decirle a un estudiante que existen otras instituciones a las que puede acudir.

La verdadera prevención comienza mucho antes de una crisis.

Comienza escuchando.

Observando.

Dando seguimiento.

Capacitando.

Fortaleciendo los servicios.

Y, sobre todo, entendiendo que pedir ayuda no debería convertirse en otra batalla para quien ya está luchando consigo mismo.

Este 10 de septiembre, mientras el mundo vuelve a poner sobre la mesa la importancia de prevenir el suicidio, la UASLP tiene también una tarea pendiente: Revisar qué ocurre cuando uno de sus estudiantes decide pedir ayuda. Porque quizá la pregunta más importante no sea si la Universidad tiene mecanismos de atención.

La pregunta es otra.

Mucho más sencilla. Mucho más dolorosa.

Cuando un estudiante toca la puerta y dice “necesito ayuda”, ¿realmente hay alguien del otro lado para abrirla?