julio 21, 2026

Everardo Gonzalez Castanedo

Mercado de Abastos, donde el hartazgo fue marcado por la riña

San Luis Potosí, SLP.– Cuando la ciudad apenas bosteza y el cielo todavía guarda restos de madrugada, en el Mercado de Abastos ya se vive otro ritmo. Aquí el día comienza a las 5:00 de la mañana y no termina hasta pasadas las 6:00 de la tarde. Es una jornada larga, pesada, pero también profundamente humana, tan humana para reaccionar al hostigamiento de un policía que por tener la embestidura, piensa que tiene todo para ganar.

 

Entre tráileres que llegan cargados hasta el tope, camiones que maniobran en espacios milimétricos y montañas de jitomate, lechuga, chile y especias, el mercado despierta como una maquinaria perfectamente aceitada, esa maquinaria que sufrió un desperfecto con una riña en sus entrañas, producto del hartazgo de los mismos jornaleros del lugar. Los diableros van y vienen empujando carretillas repletas; los cargadores afinan el paso; los vendedores acomodan la mercancía con precisión casi quirúrgica.

 

Todos parecen conocerse. Todos parecen ser familia y en cierto modo lo son. Aquí los albures son idioma oficial. Las bromas vuelan de un puesto a otro. El regateo se mezcla con carcajadas. “¡Pásele, madre! ¿Qué le damos? Bonito, barato y fresco”, gritan los locatarios a las marchantas, esas compradoras fieles que sostienen el pulso diario del mercado. Ellas no son clientas cualquiera: son la base, la constancia, el vínculo que mantiene viva la economía popular.

 

A pesar del bullicio, el ambiente es de armonía. Hay orden dentro del caos. Seguridad en medio del movimiento constante. Cada quien sabe su papel y lo ejecuta con la naturalidad de quien lleva décadas repitiendo la misma coreografía.

El Mercado de Abastos no es solo un punto de compra-venta; es una red social viva. Los hijos de los locatarios crecen entre cajas de fruta. Los trabajadores comparten desayuno. Si alguien falta, se nota. Si alguien necesita ayuda, aparece.

 

En los últimos años, el patronato del mercado ha comenzado un proceso de modernización que muchos esperaban desde hace medio siglo. Mejora de infraestructura, cambios en la imagen y ajustes en la organización buscan darle nueva cara a un espacio que por 50 años operó casi con la misma estructura. La intención es clara: conservar la esencia sin perder competitividad.

 

Pero si hay algo que termina de redondear la experiencia, es la comida. Entre carga y descarga, siempre hay tiempo para una gordita recién salida del comal, unos taquitos mañaneros o una comida corrida que sabe a hogar. El mercado también se saborea.

Al caer la tarde, cuando el ritmo empieza a bajar y los últimos camiones se retiran, el Mercado de Abastos deja tras de sí el aroma de las especias y el eco de las risas. Mañana, antes del amanecer, todo volverá a empezar. Porque mientras la ciudad duerme, aquí ya están trabajando.