Xochimilco, Ciudad de México.— En los canales y tierras elevadas que sobreviven del antiguo lago de Xochimilco, las chinampas continúan latiendo como uno de los sistemas agrícolas más antiguos y singulares del mundo. Con más de 700 años de historia, este entramado de islotes y canales no sólo produce alimentos: sostiene identidad, memoria y vida comunitaria. Hoy, frente al turismo desbocado, la presión urbana y la ausencia de políticas públicas eficaces, son las mujeres chinamperas quienes encabezan la defensa de este patrimonio biocultural, históricamente negado en voz, reconocimiento y propiedad.
Las chinampas —estructuras elevadas construidas capa por capa con lodo, tule y raíces— han garantizado durante siglos la producción agrícola y la cohesión social de los pueblos originarios del sur de la capital. Sin embargo, su permanencia se encuentra amenazada. De acuerdo con registros del Instituto de Geografía de la UNAM, en 2021 se identificaron 15 mil 864 chinampas en Xochimilco, pero sólo 864 permanecen activas para cultivos. Apenas el 14.4% conserva el proceso chinampero tradicional, mientras que otras han sido transformadas en invernaderos, pastizales o incluso espacios para eventos sociales y deportivos.
En este escenario de transformación y abandono institucional, las mujeres han comenzado a ocupar un lugar central. Aunque no existen estadísticas oficiales desagregadas por género, productores de la zona estiman que la comunidad activa está integrada por entre 600 y mil mujeres, frente a entre 2 mil y 2 mil 400 hombres. Su participación, antes relegada a la venta y comercialización, hoy se extiende a todo el ciclo productivo: desde la siembra y el cuidado de la tierra, hasta la transformación de productos y el turismo agroecológico.
Rosalba del Valle, chinampera y socia fundadora de la Cooperativa Lintlali, es testigo de ese cambio. Creció entre chinampas, primero acompañando a su familia en la venta de verduras y hierbas, y más tarde involucrándose en proyectos productivos y de agroturismo. “Antes eran los hombres quienes sembraban y cosechaban. Las mujeres nos encargábamos de vender, pero no de la tierra”, relata. Romper con esa división implicó enfrentar prejuicios y una doble carga: trabajar la chinampa y sostener el hogar.
Esa realidad persiste para muchas. De acuerdo con datos del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, sólo el 20% de las unidades de producción agrícola en México están encabezadas por mujeres, y apenas el 15% de ellas tiene acceso a la propiedad de la tierra, según la Sedatu. A ello se suma el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, que realizan el 71.5% de las mujeres rurales y que representa más del 26% del PIB nacional, de acuerdo con estimaciones del Inegi.
Para Karla Manzanares, promotora cultural originaria de Xochimilco, ser mujer chinampera sigue implicando enfrentar una tradición que durante generaciones negó el reconocimiento femenino como productoras. No obstante, destaca que cada vez más mujeres se involucran en la agroecología, un enfoque que integra prácticas agrícolas sustentables con una visión social y comunitaria, respaldada por autoridades locales y federales.
La etnohistoriadora Ángeles Romero subraya que el reto no es sólo ambiental, sino cultural y de género. “Las mujeres tenemos la misma capacidad para desarrollar cualquier actividad, pero si no cuestionamos las ideas con las que crecimos, no avanzamos”, señala. En Xochimilco, esa reflexión se cruza con amenazas como la contaminación del agua, la expansión urbana y un modelo turístico que, advierten especialistas, prioriza el consumo rápido sobre el respeto al territorio y sus habitantes.
Pese a la riqueza biocultural que representan las chinampas y al papel clave de las mujeres, su labor sigue sin reflejarse plenamente en las políticas públicas. La antropóloga Nora Estrada, subdirectora de Capacitación y Formación de la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes de la Ciudad de México, reconoce que las leyes de igualdad existentes no se traducen en acciones específicas para las chinamperas. La falta de diagnósticos integrales, acceso a salud, educación y apoyos económicos profundiza la desigualdad.
Ante este vacío institucional, la organización comunitaria se fortalece. Las mujeres impulsan redes locales, precios justos, venta directa y la revalorización cultural del territorio más allá del turismo de fin de semana. “Xochimilco es un diamante en bruto”, afirma Rosalba del Valle. “Tiene todo para sobrevivir, pero aún no se reconoce todo su potencial”.
Hoy, las chinamperas no sólo siembran alimentos: cultivan memoria, defienden el agua y sostienen una forma de vida amenazada por la modernidad y la desigualdad. En sus manos recae el futuro de un paisaje declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, cuya supervivencia depende, cada vez más, del esfuerzo doble y del reconocimiento pendiente hacia las mujeres que lo mantienen vivo.


